Todavía puedo sentir aquel instante en Montserrat, en 2009, cuando te vi por primera vez.
Tú, tan pequeño, tan puro, corriendo hacia mí con tus patitas de bebé, como si ya supieras que estábamos destinados a encontrarnos. Ese momento quedara grabado para siempre en mi alma. Ese día no solo te escogí… tú también nos escogistes.
Durante 16 años llenaste nuestra vida de una forma que las palabras nunca podrán describir. Fuiste compañero inseparable, consuelo en los días difíciles, risa en los días buenos, hogar en cada mirada. Tu amor fue un regalo sagrado.
Tu presencia, un milagro cotidiano.
Has sido un guerrero, mi valiente, luchando hasta tu último aliento con una fortaleza que solo los corazones más grandes poseen.
Las puertas del cielo se te quedan cortas, porque tú mereces un universo entero donde correr libre, donde tu luz siga brillando sin límites.
Te hemos dejado ir en paz porque te amamos con un amor tan inmenso que es capaz de ponerse a un lado para que tú no sufras más. Ha sido nuestro último, y quizá el más grande, acto de amor. Pero dejarte ir no es olvidarte; al contrario, es abrazarte para siempre de otra manera.
El jueves te diremos adiós por última vez… pero solo por ahora. Porque sé que nos volveremos a encontrar.
En otra vida, en otro cielo, en otro tiempo. Y cuando ese día llegue, serás tú quien venga corriendo hacia mí, igual que aquel día en Montserrat, y yo te prometo que te cogeré en brazos de nuevo y no te soltaré.
Gracias por tus 16 años de amor infinito. Gracias por existir. Te amamos hoy, mañana y en todas las vidas que vengan.
Descansa, mi niño, mi guerrero, mi eterno compañero. 


