Ella me enseñó a ser mejor persona, pero se fue antes de conseguirlo. Ella llenaba los días grises con su inocencia, con su dulzura, con su delicadeza un tanto patosa.

Ella me enseñó que aún con miedo la vida está para ser vivida, comiendo hierbas o queriendo cazar conejos saltarines.

Ojalá le hubiera podido dar más tiempo, más tiempo para que fuera feliz.

El mundo, nuestro mundo, mi mundo estaba muy lleno de ella. Porque la bondad es necesaria para la vida y claro, una perrita también nos lo puede enseñar, mucho mejor que otros seres humanos y eso hizo ella, sin tan siquiera saberlo.

Ella nos enseñó todo lo bueno de la vida, pero creo que lo sigue haciendo, con su recuerdo. Nada ni nadie puede reemplazar su alma, el regalo de su vida que nos entregó sin pedir mucho a cambio, en realidad, nunca pidió nada, sólo amor. Ese amor incondicional que nos entregaba a cada segundo.

Y ese amor será el que se ha quedado en mi corazón intentando llenar el vacío que me quedó sin ella, sin nuestra Mady.