El 20 de julio no perdí una gata, perdí una parte de mi alma.
No sé cómo escribir esto, porque cada palabra pesa demasiado. Mientras pude abrazarte por última vez, sentí cómo el mundo se rompía delante de mis ojos. Era como si alguien me estuviera arrancando el corazón poco a poco, sin piedad. Te adoraba con un amor que no entiende de especies, un amor de esos que se quedan para siempre. Ojalá hubieras podido sentir una vez más lo mucho que significabas para mí.
No estaba preparada para decirte adiós.
No estaba preparada para llegar a casa y que el silencio gritara más fuerte que cualquier sonido. Hoy sigo buscando tus pasos sin darme cuenta. Miro donde solías estar… y solo encuentro un vacío que me está rompiendo por dentro.
Me duele el alma de pensar que nunca volveré a acariciarte. Que nunca volveré a escuchar tu respiración mientras dormías. Que nunca volverás a mirarme con esos ojitos que, incluso en los peores días, conseguían hacerme sonreír.
Hoy me toca vivir con un dolor desgarrador. Un dolor que no hace ruido por fuera, pero que por dentro lo destroza absolutamente todo. Elegí acabar con tu sufrimiento para empezar con el mío, y aunque fue la decisión más dura que he tomado en la vida, por encima siempre estuvo lo mucho que te quería, te quiero y te querré para siempre.
Gracias por elegirme. Gracias por cada ronroneo, por cada travesura, por cada instante en el que hiciste de una casa vacía, la llegada a un gran hogar.
Dicen que el tiempo aliviará este dolor, no sé si será verdad. Lo único que sé es que nunca dejaré de echarte de menos. Y tampoco quiero hacerlo. Porque extrañarte es otra forma de seguir queriéndote.
Y, si algún día la vida nos permite volver a encontrarnos de alguna manera, no hará falta que te llame. Estoy segura de que volverás a reconocerme, como si nunca hubiera pasado el tiempo.
Hasta entonces, mi niña.
Llévate contigo una certeza que nadie podrá cambiar jamás.
Hay huellas que nunca se borran y amores que duran para siempre.
Te querré toda mi vida, Juli.
Mamá. ❤️